La ingeniosa ingenuidad de Friedrich Merz y la posibilidad de un futuro alterno

Por: José E. Muratti Toro

Tras la diatriba incoherente de Trump, el canciller de Alemania, Friedrich Merz, plantea en Davos, que Europa es capaz y tiene la obligación moral de formular e implantar un «nuevo orden mundial» que promueva la productividad, autosuficiencia y progreso para todos los sectores, inmunizado contra las imposiciones de agenda nacionales individuales, mediante reglas negociadas colectivamente e inviolable respeto a todas las soberanías nacionales.

Europa no se plantea cambiar el sistema capitalista mundial, que es la raíz causa de la desigualdad, la depredación y la avaricia. Se plantea modificar sus sistemas económicos y políticos para zanjar la brechas entre los inversores y propietarios, y los asalariados y dependientes.

En un improbable resultado de la «ley de consecuencias no anticipadas», Donald Trump está empujando al mundo capitalista hacia un sistema global inclusivo en el que la colaboración supere la imposición y la polarización descarnada, diseñada para obtener descomunales ganancias de parte de explotadores defensores del estado totalitario y explotados identificados con los explotadores, confiados en que participarán de sus privilegios.

Paradójicamente, un público general que descubre, crecientemente por primera vez, que el sistema está diseñado y avezado en su contra por una élite dispuesta a acomodar al líder que sea que asegure sus privilegios, comienza a plantearse que sus lealtades necesitan estar con ellos mismos y sus conciudadanos y no con partidos, iglesias y empresas que se lucran de la desigualdad y no tienen reparos en traicionar sus valores.

MLK dijo que «el arco de la moral universal siempre se inclina hacia la justicia». Resulta agrio y desagradable admitir que un ser tan moralmente despreciable como Donald Trump, aunque sea temporeramente, pues la avaricia no tiene fecha de expiración, haya creado las condiciones para que, al menos por el momento, Europa dé pasos concretos hacia reducir la desigualdad y la explotación como fórmulas constructivas para el progreso material. 

A veces, la humanidad aprende a hacerle honor a su esencia -«Humanidad»- gracias a mujeres y hombres cuyos ejemplos son tan elocuentes sobre nuestras posibilidades, que colectivamente nos esmeramos en emularles e imitarles. 

Sin embargo, con demasiada frecuencia son los déspotas, los tiranos, los genocidas, los que nos dan las mayores lecciones sobre lo que somos capaces de hacer y ser, y nos hacen tomar la decisión de no recordarlos, emularlos e imitarlos. 

Vivimos una era en que, una vez más los vencedores de prácticamente todas las contiendas, son elevados como héroes y demidioses para que nos enseñen, sobre todo con su ejemplo, que el mundo – y el paraíso en la tierra – es de los valientes, los fuertes, los implacables.

El reverso de esta moneda es que cada vez más vemos a las víctimas históricas de estos conquistadores – mujeres, negros, latinos y otros no-blancos, amantes de su propio género, creyentes en otras deidades – como los verdaderos ejemplos de nuestra humanidad, y comenzamos a resaltar su valor, su resiliencia y su solidaridad como verdaderos baluartes, no de quienes hemos sido, sino de quienes podemos ser.

A riesgo de que se me acuse, una vez más de ingenuo y pusilánime, prefiero pensar y comparto la esperanza, de que en esta ocasión el espejo de la maldad y la crueldad de los déspotas nos convenza de que podemos no imitarle, ni emularle y que, con tesón y voluntad podremos construir un futuro alterno que se parezca a quienes creemos firmemente que queremos ser.

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